Martes, 29 Octubre 2013

La agonía de la Danza de los Micos

Por  Nilson Javier Romo Mendoza
Desde 1967, Vicente Pérez Barranco mostró la Danza de los Micos y Micas Costeños. Desde 1967, Vicente Pérez Barranco mostró la Danza de los Micos y Micas Costeños. Nilson Romo Mendoza

Lunes, 20 Febrero 2012 22:13 Son 45 años de tradición en riesgo de desaparecer. Vicente Pérez, su fundador, no tiene un sucesor claro. Su hija debe mantener la esencia. Fundación Carnaval, a protegerla. 

“La organización de los monos patas, tienen una unidad reproductora de un solo macho que actúa de vigía y realiza maniobras de diversión; las hembras dirigen los recorridos. El macho a veces se aleja bastante”, K.R. L Hall.

Desde 1967, Vicente Andrés Pérez Barranco (Barranquilla 1932) nos ha dado la más simpática y auténtica representación de los primates con la Danza de Micos y Micas Costeños en el Carnaval de Barranquilla. Este sábado de Carnaval, por primera vez en 45 años, la Danza no desfiló en la Batalla de Flores. Entre tanta oferta de tradición que ver en el primer día, muchos no sintieron su ausencia. 

Es mediodía y el sol de justicia en el barrio El Ferri, sin árboles de resguardo, todo lo ilumina. Pasó el padre de la parroquia, en camisilla y jean, y saludó a Norelis, la hija de Vicente Pérez Barranco, unas seis mujeres de faldas largas y sombrillas planean como abrir puertas para entrar con el evangelio, y niños y niñas empiezan su desfile por el frente de la casa más conocida del sector.

En la esquina de la carrera 7 cae una sombra. Norelis acaricia la cabeza de su papá como esos monos hembra que nos muestran en un comportamiento amistoso la posición social. 

-Estas cabellón papá, le dice mientras pasa su mano por su cabello cano.

Norelis, de pie, y Vicente, sentado en una silla de plástico roja, en un ejercicio del trono heredado de la Danza de Micos y Micas, reconoce su inexperiencia para sostener la tradición considerada una de las 4 en riesgo de desaparecer del Carnaval de Barranquilla.
Hija única, madre de cinco niñas, Norelis ve en el padre que lo ha dado todo y las fuerzas no alcanzan para seguir. 
“Papá nunca me involucró en la organización. No sé cómo se maneja la danza. Tendrá que trasladarme y que la Fundación del Carnaval me reconozca”, razona Norelis. 
Sus evocaciones en la danza fueron de momentos de infancia. “Como hasta los 12 años estuve con la danza. Yo era muy penosa”.

-“¡Ella es la mica vieja!”, grita una vecina que atraviesa la carrera 7, de arena blanca.
Norelis sonríe ante la oportuna comparación y cuenta: “A mi también como los micos cuando le rascan la cabeza, me embobo. Me acuerdo que siendo niña, uno de los varios micos de mascota que tuvo mi papá, le puse la mía para que me escarbara el cabello. Pero llegó un momento que me cansé y la levanté. La reacción del mico fue morderme”.

Norelis muestra una mínima línea en la piel como cicatriz en la parte posterior de la muñeca izquierda. “A mamá, que también nos acompañó e hizo los disfraces, un mico le dejó una marca en la palma de la mano”.

***

Los Carnavales de 1940 hervían en el centro económico y comercial de la ciudad, en el Paseo de Bolívar. 

“No podía ser más interesante. Las calles aparecían vestidas de festones multicolores. Había carreras de ensacados, las mujeres aparecían con sus vestimentas siglo XVIII, en lujosas victorias tiradas por fuertes caballos. La anilina constituía un motivo de atracción. Por nuestras calles deambulaban miles de ‘encaretados’ como monos, con baldes llenos de aguas colorantes, con las cuales salpicaban al primer ‘enlevitado’ que apareciera por la esquina del Cañón Verde”. Juan Goenaga (R. Huellas pag. 25).

El niño Vicente Andrés iba de la mano de su mamá, Olimpia, una mujer de cabello negro azabache que caía sobre su espalda, hacia el paseo de Bolívar. Habían salido del barrio Rebolo, donde nació Vicente, al encuentro del desfile. En Cuartel (carrera 44), esquina atractiva y la Hondana, en una de sus puntas, un buen sitio para comer, concentraba a la Barranquilla carnavalera.

Mamá e hijo llegaron para untarse del goce. Vicente Andrés no encontró atracción en la fiesta callejera, levantó la mirada hacia el segundo piso de la Hondana y vio amarrado en una cadena, un mono.
“Me gustó como se rascaba, como se cogía los huevos”, recuerda Vicente 69 años después de aquella imagen de niño. La danza comenzó en esa fascinación y alcanzó su gestación en Rebolo como un disfraz individual.

“Dos amansa locos”, dos suéteres manga larga, cuello redondo, con unos botones, que eliminó y los unió por la cintura y una corredera, vistieron su primer mico. En el Carnaval de 1966, junto a un sobrino, salieron con la piel de leotardo e integraron al río de danzantes que arrancaban aplausos. 
Detrás de la Danza del Paloteo, cuenta Vicente, desfiló y recibió la ovación de los espectadores. “Pensé en un momento que para El Paloteo, pero me di cuenta que dos micos divirtieron a la gente”. Los ademanes, las posiciones de los dedos de las manos, los movimientos rápidos, curiosos y tapado por una mascara hecha a base de papel periódico. 
Al año siguiente preparó a un grupo de amigos ‘reboleros’ y salió con los 12, como los apóstoles, pero no fueron fieles: varios se emborracharon en el recorrido. Uno de ellos se fue de bruces en el desfile y una rueda de una carroza pudo acabar en desgracia.

Hace 45 años se conoce el disfraz que evolucionó a danza. En la sustentación de las manifestaciones del Carnaval de Barranquilla ante la Unesco para ser elevado a Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad se explicó que la Danza de los Micos: “es de tipo ecológico y de tradición popular no tiene coreografía especial. Su ejecución es libre (…) Esta danza se acompaña musicalmente de caja vallenata (tambor), guacharaca y la voz humana, que imita los sonidos característicos de estos animales, cuando están en libertad en su hábitat”.

Los danzantes suelen llevar como parafernalia tarros, palos y diversos objetos e intentan robarle pertenencias a los espectadores, ya que estos animales tienen fama de pícaros y tienen la costumbre de entrar a las casas de los poblados y robar los objetos que encuentran a mano”.

“Esta danza, con una tradición de más de 120 años en el Caribe colombiano, hace presencia permanente en el Carnaval de Barranquilla desde hace unos 70 años”.

Aquellos 12 amigos fueron borrados de la danza y Vicente encontró en los niños a su más fiel manada. “No me tomo un trago durante los Carnavales, lo hago solo el Miércoles de Ceniza”.

Con los niños tuvo la iniciativa de estudiar el comportamiento de un mico. La mascota la compraba en el mercado de granos y, por una de esas, en un año que no recuerda, pagó $25 mil. La domesticación comenzaba con la cadena en la cintura, bien segura en un palo de guadua, que enterraba en el patio de arena y una casa de madera en lo alto.

Vicki Ospina, fotógrafa bogotana, tiene uno de los escasos documentos, sobre aquellos ensayos de la danza en 1984 en El Ferry. El testimonio muestra a los niños en una de las posturas de monos de patas y, entre ellos, al que servía de mayor ejemplo. Vestidos con sus trajes y la cola, hecha de zuncho, envuelta en tela de franela marrón.

***

Estefani es una de las niñas que ha llegado dos veces a preguntar: “Señor Andrés”, como le llaman a Vicente, los niños del barrio: “¿Vamos a salir en el desfile?”.

Esta vez, Estefani llegó con un niño descalzo y con pies polvorientos. “Señor Andrés: ¿Me puede prestar uno de los disfraces?”. 
El niño esperaba expectante la mejor respuesta.

-¿Y cómo hace un mono? Escuchó el niño.

No supo reaccionar sobre si sabía hacer una “monería”. El niño dio vuelta a la cara en un gesto de pena.

Estefani había llegado muy tarde: 8 niños se adelantaron, pidieron prestados los disfraces y salieron a caminar las calles a buscar algunas monedas.

Este sábado de Carnaval había un silencio que habla en Vicente, en sus manos. La artrosis tiene atenazadas sus fuerzas, la rigidez de los dedos índice, corazón y anular, no agarran su más preciosa obra: los disfraces y las máscaras que guarda con celo. 
“A los niños nunca les he pedido nada. Todo se los he dado. Ahora los disfraces los presté para que se rebuscarán”, asegura Vicente con una voz de hilo.

Norelis reconoce que siente el clamor de los amigos de “no dejar morir" la danza. “Es lo que me dicen mis vecinos… De pronto la coja”.
Tres niños asomados por la ventana de barrotes de hierro atisban el interior de la casa de cemento de Vicente.

Toda su vida se ha hecho con las manos. Fue albañil, construyó la casa cuando en los años 70, el Ferry dejaba de ser un terreno abierto con el Río Magdalena en el horizonte desde la calle 17 y el Puente Pumarejo a la derecha. Aclara que fue uno de los fundadores del barrio y alguna vez se atrevió a montarse en una de las estructuras del puente para demostrar que personificaba al mico con todos sus riesgos.

Con aquellas manos también tiraba de las cuerdas de dos carros de mula, en el que hacia viajes con el sol encima, preparaba el arroz de lisa para venderlo en las calles hasta el año pasado cuando sus dedos entumecidos obligaron a no atizar más el fogón de leña en el patio y agarrar los manubrios de una bicicleta con anafe. “Es por eso que estoy enfermo”.

Vicente aceptó vestirse de mico, un año después de la última monería. Se levanta de la silla, da tres pasos lentos y sus pies de uñas largas, gualdas, metidos en unas chancletas, descubren la piel reseca, descamadas y cuarteada. 
Empuja la puerta de hierro, entra a la sala que es también un cuarto. Una cama, un colchón pelado y amarillento, varios periódicos tirados encima, una silla de hierro, una hamaca, amarrada de pared a pared, atraviesan el lugar. El suelo gris, sin piso, se colorea con el papel de boquilla de lo que fueron varios cigarrillos, cerillas quemadas, y 3 botellas de aguardiente vacías cerca de un ladrillo de cemento.

-¿Fuma mucho?

-No. Compro un paquete que me durará varias semanas.

El tiempo se ha detenido. Sin una gota de pintura en las paredes, ni cielo raso y un techo de Eternit, el calor de hogar es más febril e intenso. Un abanico, que fue un regalo de diciembre, una escalera, una bicicleta pequeña sin ruedas en una esquina, junto a un afiche empolvado de Ronaldinho, dos banderas distintiva de la danza, amarillentas, una detrás de la puerta y otra que cuelgan en una de las paredes con las 19 máscaras de monos, dos máscaras de torito y un burro, todos empolvadas, decoran el ambiente de nostalgia.

Vicente señala una de las máscaras de mono, de color negro, menos brillantes que las otras 18.
-Las hacía primero de cartón, después de barro, y en madera de balso.
Una de las preferidas, la saca en medio de la ropa vieja, bolsas y carpetas del guardarropa. Se quita la gorra de los pitufos, sacude la máscara y se la pone para hacer el primer ademán de brazos abiertos.

Del guardarropa abierto sin puerta, saca las faldas de saetín amarilla y azul para explicar que son las que identifican a las micas. Al lado del guardarropa hay una mesa con un cristo sin cruz, 7 trofeos opacos, sin brillo de Carnavales añejos. Debajo de la mesa, 5 balones y otros juguetes del recuerdo de la infancia de sus nietas, y como escondida una Virgen de la Inmaculada con cara rosada.

-La Virgen la saco todos los 8 de diciembre para la fiesta de la Anunciación.

En el segundo cuarto, hay dos maletas casi llena con zapatillas negras y otra de disfraces. La luz entra por la puerta de latón, la del patio, donde Vicente comienza a vestirse con la ayuda de Norelis.

Vicente se despoja de la camisa polo, deja ver su tatuaje en el bíceps derecho. Está delgado, el pecho más blanco que los brazos y pies quemados. El yin azul que viste lo sostiene a su cintura con un delgado fique azul, que indica que ha perdido peso. 
Con la trusa, pasa una cuerda amarilla por debajo de los testículos y sube para amarrarse a otra que le da la vuelta a su cintura que sostendrá la cola del mico.

-Papá que nalguitas tienes, piropea Norelis.

En el patio, el verano maltrata todo lo que puede, desde lo verde hasta lo más olvidado: un arbolito de limón y una palmera. Aquel tallo grueso, que aparece en la foto de los 80, no tiene rastros. La arena blanca, el sol que quema, escombros y un olor a orín de gato, se pasea en el patio. Allí donde micos de generaciones pasadas aprendieron su arte. 
A Vicente la arena le quema la planta de los pies. “Estoy pensando en salir mañana”, dice con el disfraz completo y la mascara puesta. 
Norelis hace un gesto de desaprobación.

Vicente se transforma y hace las mejores poses del mico: de rodilla, rascándose la barriga y la cabeza. 
Los niños lo miran por unos agujeros de la puerta de latón del patio que da salida a la carrera 7. Se escuchan sus risas. 
“Este disfraz es más para hacer reír a la gente. Y es el único al que le tiran monedas en el Carnaval”.

***

Domingo de Carnaval, de Gran Parada de Tradición y los Micos y Micas Costeña llegaron a la Vía 40. Se presentaron 18 integrantes y Norelis como guía. Harán parte de los 129 grupos, comparsas que empezarán el recorrido.

Norelis asegura que se animaron para no entristecer a su padre. Entre los integrantes, los hermanos Janer y Katia Díaz destacaban como los más altos del grupo. El disfraz les mostraba sus tobillos.
La pancarta amarilla, que estaba arrumada sobre un mueble pequeño del televisor gris en el primer cuarto de Vicente, fue desempolvada y presentada como bandera de la Danza.
Los Micos y Micas desfilaron sin ocultar su presente.
Norelis caminó vestida con un jean y un suéter, y un abanico de mano de cartón en la mano contra el sol. Caminaba y miraba hacia atrás para no perder de vista al grupo.
Sin tambores, ni coreografía, algunos con las máscaras en la cabeza, movimientos y ademanes de primates sin continuidad, el público fue generoso e hizo llover algunas monedas en el trayecto. Varios se tomaron fotografías y sacaron algunas sonrisas.

-¡Oye mico: al gesto de los testículos! le gritó una espectadora.

-¡Gorilas! gritaron dos niños.

Los Micos y Micas estuvieron muy pendientes en identificar a los extranjeros. Rubios y blancos, barnizados por el sol, corrían y saltan sobre la malla que separaba el público de los que desfilaban.
La monería y de inmediato la mano del índice para señalar una colaboración.

En esa cacería, Janer Díaz encontró una extranjera, la abrazó, simuló un beso, la cargó como novia en sus brazos y la llevó unos 200 metros. Otro beso enmascarado y la soltó lejos de los otros extranjeros que la acompañaba. El público aplaudió la espontaneidad.

Entre la calle 76 con Vía 40, se provocó el bache más largo del desfile. Por tanta moneda que caía de los palcos, los Micos y Micas se olvidaron de su razón, hacer como los monos de patas. Algunos de los integrantes de la danza habían empezado el desfile con su cola y terminaron sin esta. El disfraz estaba desdibujado.

Los monos verdaderos tienen una capacidad para ingerir todo cuanto se pone a su alcance, de arrebatar y comer glotonamente los caramelos de las manos de las señoras explican expertos. Los Micos y Micas Costeños en la Vía 40 estuvieron más pendientes de recoger todo lo que sonaba y caía en el pavimento.

-¿Por qué no le tiran billetes de 10 mil?, ironizó un vigía del desfile.

“Las colas se dañaron por ese afán de recoger las monedas”, admitió Norelis que llegó a la Murillo con Vía 40 agotada.
Las mochilas sonaban de tanta moneda recogida y algunos corrieron a comprar un chuzo de carne para clamar la fatiga.

“Mira la uña del dedo que me dañé”, mostró Jesús Miranda, que terminó la Gran Parada con una calcetín rosado en el pie derecho y en el derecho la sandalia negra.
Norelis hizo su reflexión con los integrantes.

-Mi papá ya no puede seguir. Tenemos que sacar la danza adelante. Miren que detrás de nosotros venía un grupo de Mapalé y ellos no dejaron de hacer su presentación”.

-Nosotros no practicamos. Tenemos que hacerlo, organizarlos apuntó Jonatán Torres. “Me acuerdo que cuando lo hicimos con baile, en año anteriores, la gente nos aplaudió más. Ya de esos que bailaban no hay ninguno. Solo yo”.

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